ALESSANDRO
BARICCO
La oscuridad
suspende todo. No hay nada que pueda, en la oscuridad, convertirse en
verdadero.
Llevaba encima el
terror, pero un terror blanco, quiero decir que no era como alguien que tiene
miedo, sino como alguien que está a punto de desaparecer…
Si tiene un nombre
debe de ser ligerísimo, lo dices y ya ha desaparecido.
En la soledad de
este lugar apartado del mundo, me acompaña la certeza de que no queréis, en la
lejanía, abandonar el recuerdo de quien os ama y siempre será vuestro
Era algo más que
una mirada. Era una visita médica.
Eso es lo que
tienen de bueno los hombres de ciencia: que están seguros de todo.
Podría escuchar
cualquier cosa si proviene de un libro, es extraño, soy capaz hasta de llorar y
es algo muy dulce, no anda por el medio ese hedor a muerte, lloro, eso es todo.
Pero esa vida no
quiero perdérmela, yo la deseo, de verdad, aunque me hiciera un daño
insoportable lo que deseo es vivir.
En el círculo
imperfecto de su universo óptico, la perfección de aquel movimiento oscilatorio
formulaba promesas que la irrepetible unicidad de cada ola en sí condenaba a no
ser mantenidas. No había manera de detener aquella continua alternancia de
creación y destrucción.
La naturaleza
posee una perfección propia sorprendente, que es el resultado de una suma de
límites. La naturaleza es perfecta porque no es infinita. Si uno comprende los
límites, comprende cómo funciona el mecanismo.
¿Dónde empieza el
final del mar?
O más aún: ¿a qué
nos referimos cuando decimos mar? ¿Nos referimos al inmenso monstruo capaz de
devorar cualquier cosa o esa ola que espuma en tomo a nuestros pies? ¿Al agua
que te cabe en el cuenco de la mano o al abismo que nadie puede ver? ¿Lo
decimos todo con una sola palabra o con una sola palabra lo ocultamos todo?
Estoy aquí, a un paso del mar, y ni siquiera soy capaz de comprender dónde está
él El mar. El mar.
Ann Deverià la
miró —pero con una mirada para la que mirar es ya una palabra demasiado fuerte
—mirada maravillosa que en ver sin preguntarse nada, ver y basta —algo así como
dos cosas que se tocan —los ojos y la imagen —una mirada que no toma sino que
recibe, en el silencio más absoluto de la mente, la única mirada que de verdad
podría salvamos —virgen de cualquier pregunta, aún no desfigurada por el vicio
del saber —única inocencia que podría prevenir las heridas de las cosas cuando
desde fuera penetran en el círculo de nuestro sentir —ver —sentir —porque no
sería más que un maravilloso estar delante, nosotros y las cosas, y en los ojos
recibir el mundo entero —recibir —sin preguntas, incluso sin asombro —recibir
—sólo —recibir —en los ojos— el mundo.
No hay baile más
preciso que ése para dar vueltas con el sueño, sobre el parqué de la noche.
La verdad es
siempre inhumana.
Camino clemente, y
hermoso. Un camino de aquí al mar.
El desconcertante
descubrimiento de lo silencioso que es el destino cuando, de repente, estalla.
No se puede apagar
el mar, cuando arde en la noche.
El mar borra por la noche. La marea esconde. Es
como si no hubiera pasado nunca nadie. Es como si no hubiéramos existido nunca.
Si hay un lugar en el mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar
está aquí. Ya no es tierra, todavía no es mar. No es vida falsa, no es vida
verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta
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