lunes, 6 de julio de 2015

LA CANCIÓN DEL MENDIGO - Alfonso Sola González

Vosotros que dormís en las bellas estatuas Donde el sueño del mundo se detiene;
Vosotros -¡oh laurel, oh mármol elegido, oh diadema del tiempo!-Príncipes que recordáis los himnos inmortales
Y el idioma dorado en el mediodía de la columna original;
Vosotros, coronados, ciegos de ojos gloriosos, Tomad mi pobre corazón y
adormecedlo
En vuestro eterno encanto.
Dulce es la sombra de las ortigas en verano A la innoble alimaña que corre
oscuramente
Entre las venerables losas de los vedados patios. Dulce el crujido de las hojas
antiguas
Bajo el pie del amante que regresa embellecido por la muerte.
El mirlo de otro tiempo ha cantado en su laurel de olvido
Y el bien de mi corazón ha sonreído con dulce miedo Bajo los almendros
florecidos.
Por el fulgor antiguo preguntaron mis labios insensatos
Y se movieron las sagradas aguas
Y las rojas arenas azotaron los rostros milenarios.
¡Ah, pobre corazón, junco de oro tembloroso Quebrado en las orillas que los dioses
Con justo pie pisaron y espuelas de hermosura! Mirad, aquí está el hijo mudable, 
el herido incesante, Castigado en el alba con el ocaso prometido,
Ávido, su tesoro de arena sus manos alza
Y derrama su muerte sobre la hermosa tierra.
¡Oh impasibles figuras de la ordenada piedra!
¡Cómo descansa la extraviada criatura del día En vuestros gestos puros
Extendidos sobre el desierto de los hombres!
¡Ah, cómo adora el efímero hijo
Los magníficos mantos que ningún viento mece, Las flores esculpidas en las 
guirnaldas reales!
Dichosos los que han muerto y en las arpas de piedra Cantan por vuestras frías 
manos eternizados.
Es el mirlo de ayer, ¡Oh fábula de piedra, Frente del tiempo! ¡Escucha!
Oye corazón mío otra vez la engañosa Canción del aire leve y la equívoca flauta.
«¡Ah, si atravesada por ebrias saetas Cayera entre la hierba de oro y de rocío Y me 
mordieran los bellos
Dientes de los muchachos
Que en el verano corren desnudos entre las gacelas!
¡Ah, si tu dura mano, cazador, anudara Tibia flor de granado
A la fuente dormida de mis cabellos Y al despertar,
El canto de tu amor me nombrara en el mundo Con encendida lengua!
Mírame. Mira con tus ojos de primavera. Mira cómo mi pecho se agita de delicia 
Si una rama de mirto lo azota suavemente. Mira cómo se elevan por mis piernas 
las flores Que piso, cómo crece
La sed de las raíces por mis tobillos puros. Escucha cómo estallan en mis senos
floridos Los besos de la lluvia, ¡oh doncel del verano!»
Así cantaban junto a los laureles Las ebrias juventudes.
Sueña otra vez, ¡oh desterrado!, sueña.
Ahora que la amorosa tórtola del otoño Vuela por la colina
Y entre las anchas hojas que aires azules mueven Vuelve la voz de los reales 
amantes abrasados.
Sueña otra vez y rememora
Tus días de joven dios ceñido de fulgor y laurel. Y háblanos del secreto de mi dulce
miseria.
«Rememoro tu noble adolescencia
Esculpida en los himnos por los ciegos ancianos En el atardecer de las espadas.
Te llamo con ternura mi hermano miserable, Te reconozco escarnecido hijo
De números eternos,
Te proclamo culebra nacida en lengua hermosa.
Te alabo como infame hoja de infame ortiga, Como polvo de ortiga,
Como sombra de ortiga en los dedos de un dios. Yo sé que tus palabras aún pesan
demasiado Porque brillantes fábulas oscuras
Velan la voz de los esclavos. Pero te nombro y dejo
Que sin descanso tiendas tu sed inaplacable, La raíz de tu lengua
Por oscura saliva alimentada, hacia el lejano resplandor inmenso
De una inmortal belleza que fue tuya». Los trabajos del año finalizan. Apacible
La vida es cuando el benigno fruto Sus efímeras gracias nos ofrece
Y el corazón, en paz con la cosecha, Ociosamente espera entre los justos.
Los mendigos contemplan desde lejos Los bellos palacios de la infancia.
Canta el mirlo reciente en la arboleda Y la arboleda ha muerto
En la canción de un mirlo de otro tiempo.
Ríe el amante cubierto de guirnaldas Y nupciales fulgores
Y el amante está dormido en lejanísimos otoños Bajo la luna lenta de las criptas.
Otro mendigo canta ya la canción de esta tarde Bajo los puentes muertos que no 
veremos nunca Y en otros ojos cae
La prodigiosa siembra del crepúsculo.
Vosotros que dormís en las bellas estatuas de párpados sin noche
¡Oh príncipes, oh dioses!,
Salvadnos del castigo dichoso de admiraros. Salvadnos del destierro que la belleza 
sin cesar inflige A tanta devorada boca oscura. 
Dejad mi corazón en esta sombra,
Y aquí, entre las ortigas y las piedras natales Oscuramente, duerma junto a las 
ruinas quietas, Bajo los grandes ojos pausados del olvido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario